Perla // Las crónicas del Otro Mundo

Para entender de lo que habla la presente entrada es más que aconsejable conocer el relato que se presenta en el anterior post, El recuerdo envenenado. Más que nada porque, sin dicha narración, las siguientes líneas carecen de sentido.

Como tantas otras historias, la plasmada sobre la tía Tere se basa en una vivencia real. De hecho, habla de la primera vez en la que mi tía Tere no me reconoció. Ella llevaba encamada muchos años, ya no podía valerse por sí misma desde hacía tiempo. Por lo que me contaba mi tío, su guardián, su roca, quién con una mínima ayuda se hacía cargo de ella a pesar de sus noventa y pocos años, Tere apenas reconocía a las visitas. Conmigo nunca había sido el caso. Ni siquiera hacía falta decirle quién era: ella saludaba con alegría a su sobrino conforme posaba sus vidriosos ojos sobre mí. Era automático. Por tanto, esa advertencia previa que mi tío espetaba, “no se si sabrá quién eres, ya no conoce”, me resultaba más bien una leyenda urbana.

Hasta que llegó el día. Arriba un momento en la vida en la que las fuerzas no dan para más, y te ves abocado a tomar decisiones que no deseas. Aquello le ocurrió a mi tío, que, a pesar de renegar en multitud de ocasiones, se vio obligado a delegar los cuidados de su esposa en las manos de profesionales de una residencia de ancianos. El último día de la semana del traslado, mi pareja y yo nos presentamos en el geriátrico, dispuestos a ver a mi tía Tere. Y yo vi a mi tía Tere.

Pero ella no me vio a mí.

Como en todas las tramas basadas en una historia real, aquí hay trampa. Es decir, es mentira que no llegase a reconocerme. Fue tras mucho batallar, tras mucho recordar parentela a una anciana exhausta, que supo quién era. Cuando ya nadie lo esperaba, más de media hora después de presentarnos en el centro. Me dijo que no me había reconocido por la barba, e instantes después volvió a olvidarme. ¿Veinte segundos, quizá? Probablemente menos. Logro o fracaso; entiendo que se puede entender de ambas maneras, en función del prisma desde el cuál nos asomemos.

Cuando entramos por la puerta de la habitación, no comprendimos nada. Ni Tere ni nosotros. Para mi tía había aparecido una pareja de extraños, y tenían que ir a la farmacia. Estaba agitada, aunque, dada la poca vitalidad que atesoraba, un escándalo era lo último que habría podido montar. Intentábamos entenderla, pues el hilo de voz que apenas brotaba de su garganta era complicado de descifrar, y el contenido del mensaje no ayudaba a ello. Nuestra principal preocupación residía en que nos reconociese, pero aquello no parecía incumbirle. Lo perentorio era que acudiésemos a una farmacia a comprar algo para expulsar. Y nosotros nos esforzábamos por conocer la dificultad, pero no iba a resultar sencillo. Navegó entonces su divagación hacia una garrafa de vino que estaba vacía porque ella no se lo bebía, hacia unas flores blancas que tenía en el jardín pero se las habían arrancado todas, y hacia la conclusión de que teníamos que ir a la farmacia. Había que expulsar algo. Agotada tras el esfuerzo, cerraba los ojos. ¿Se iría a alguna parte o permanecería allí? Solo podíamos contemplarla y contemplarnos, intentando discernir por dónde iban los tiros. Cuando parecía que había conseguido reposar un rato, decidimos intentarlo de nuevo. ¿Nos reconocería esta vez? No, claro que no. Pero lo importante es que se había encontrado allí con dos personas que podían acudir a la farmacia.

Entendí dos cosas, una antes que la otra. La primera que llegué a comprender fue que la pobre creía que, en aquel lugar extraño al que la habían trasladado, la habían envenenado. La segunda, que la leyenda urbana era cierta: la tía Tere era susceptible de no reconocerme. La primera podía intentar solucionarla: le dije que la farmacia estaba cerrada, creyendo que eso agotaría aquella vía. La verdad es que, pensándolo ahora, no sé cómo pude ser tan ingenuo. ¿Qué pretendía que ocurriese? ¿Que una persona que se cree envenenada contestase “Ah, bueno, pues si está cerrada no pasa nada, qué le vamos a hacer, ya nos quedamos envenenados hasta que abra el boticario”?

Ya no conseguí reaccionar más al fracaso, pero, afortunadamente, mi pareja sí. Consiguió que Tere se refiriese a otros familiares, uno tras otro. Consiguió que se acordase de su sobrino Adrián. El único problema era que, cuando se lo presentaba, Adrián no se encontraba en aquella habitación, sino tan solo ese hombre que estaba al otro lado de la cama. Y como ese extraño seguía sin saber cómo reaccionar, me levanté y me asomé a la ventana. Quería alejarme un poco de esa realidad, pero la vista que me devolvió el exterior no me ayudó demasiado.

Perla

Una ubicación cruel para una residencia de ancianos. Un hecho que no llegué a reflejar en el relato porque, sinceramente, parecía acercarlo más a la ficción que a la verdadera existencia. Una calle separaba a mi tía “envenenada” del camposanto.

Supongo que no hacen falta más palabras para explicar el trasfondo de Perla. Perla era el nombre original del relato, y perla era el apelativo cariñoso con el que Tere nos llamaba de vez en cuando a sus sobrinos. En el relato dice que era como la llamaba su sobrino favorito, aunque ya os he dicho que sí, que es un relato basado en una historia real, pero también haciendo trampa. Aunque, por otra parte, tampoco es mentira. Mi tía pronunciaba perla con un acento valenciano que resultaba mucho más natural en ella que en mí, así que yo siempre le respondía como si fuese su eco, pero exagerando la apertura de las vocales y, por supuesto, el tono de la voz. Ella se reía, claro. Siempre había sido una persona muy alegre hasta que los años y los males la fueron postrando, aunque aún se guardaba algunas sonrisas para cuando la visitábamos.

Era su sobrino favorito, no he hecho trampa. Da igual lo que os puedan decir los demás… Adrián era por quien más preguntaba, es lo que afirma mi nonagenario tío, y lo cierto es que parece un enunciado bastante cabal. Era su sobrino más tímido, el que parecía que necesitaba más protección, y claro… Del nene que parece requerir más ayuda al favoritismo manifiesto no hay ni medio paso. Así que sí, soy culpable, dulce condena la mía. Además, mi tía era de esas personas que, llegada la ancianidad, te decían “tú que escribes, podías escribir un libro sobre mi vida”. La realidad es que no tengo tanta capacidad como para plasmar todo eso, pero, aunque fuese en tus horas bajas, hemos escrito un relato y hemos ganado, Perla. Fue la penúltima vez que te vi consciente, fue la antepenúltima vez que te vi con vida, fue la primera que no me reconociste. Pero el recuerdo de parte de tu vida ha ganado donde tenía que ganar. En tu pueblo, delante de los tuyos, hablando sobre ti.

Gracias, Perla.

Video: https://youtu.be/mIVTGn9O91w

Source: // Las crónicas del Otro Mundo

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