366 días

366 días
// Las crónicas del Otro Mundo

La unión se produjo un día, sin más, o quizá estuviera predeterminada desde muchos años antes, incluso lustros, sin que nosotros supiéramos a ciencia cierta que aquello terminaría por suceder. Tú me lo propusiste, y yo te di el sí. Fue así de sencillo. Tú tenías un plan para nosotros, y tuve claro desde el principio que merecía la pena intentarlo. Crearíamos nuestra propia sociedad, y, como poco, lo pasaríamos bien el tiempo que esta durara. Sí, por supuesto que sí: acepto. Sin ceremonias, sin contratos de por medio que nos obligaran a seguir incluso cuando no quisiésemos hacerlo: tan solo intentar convertir aquella unión en algo que disfrutáramos el tiempo que perdurara.

Fueron pasando los años, y, no sin altibajos, fuimos construyendo una relación que se iba fortaleciendo, hasta el punto que un día verbalizamos lo que ambos por separado llevábamos madurando en nuestras cabezas durante cierto tiempo atrás. Teníamos que ir más allá; podíamos llegar más allá. O al menos, podíamos permitirnos intentar llegar más allá, dar un paso más, estrechar el cerco para alcanzar un nuevo objetivo común. Pretendimos que nuestra mutua existencia fuera capaz de crear otra nueva e inédita más allá del perímetro de la adhesión que compartíamos. Queríamos crear vida, algo inherente a nosotros que los demás también pudieran percibir, pudieran tocar, pudieran incluso disfrutar. Algo que formara parte de nosotros, y que al mismo tiempo también formara parte del mundo de por sí.

No era una decisión que se pudiera tomar a la ligera. Tan seguros estábamos de nuestra empresa que decidimos resetearla hasta estar completamente convencidos de que, llegado el momento, estaríamos totalmente preparados para llevar a cabo aquella osadía. Y transcurrieron años, claro. Era esa determinación que te cambia la vida, para bien o para mal, aunque para otras personas pudiera no valer tanto dada la variopinta forma de pensar dependiente de la idiosincrasia de cada ser humano. Pero nosotros no lo tomamos sin más: el momento de atrevernos tenía que ser el perfecto. Y aunque la vida nunca te ofrece realmente ese instante exageradamente adecuado para tomar una determinada decisión, llegó el día en que nos dimos cuenta de que no debíamos demorarlo más. Ese momento, aquellas coordenadas temporales de la existencia unidas a que creíamos que, finalmente, estábamos en condiciones de crear algo bueno, acaeció. Y con total convencimiento de que aquel algo nuevo que pretendíamos crear sería realmente apreciable y apreciado, nos lanzamos a aquella aventura.

Empezamos a intentarlo. Con arrojo, con valentía, con insistencia, con cuidado de encontrar las mejores condiciones, con temor a no estar haciéndolo correctamente para que aquel proyecto llegara a ver la luz. Y posteriormente, también con dudas, con miedo a no ser capaces de conseguirlo, con una impaciencia que se transformó en pesimismo llegado el momento, sin darnos cuenta del todo de que era desmesuradamente pronto para obtener resultados. Pero no nos rendimos: aquel “algo nuevo” de los dos tenía que ver la luz, y aunque con algo menos de esperanza, seguimos adelante sin bajar los brazos.

El 19 de mayo de 2015, pasados tres minutos de las once y media de la mañana, tuvimos el aviso de que, casi con certeza, nuestro propósito parecía confirmar su existencia. Nos ilusionamos, nos ilusionamos de verdad: aquello no parecía una de las falsas esperanzas que hasta aquella fecha habíamos sufrido, que, por cierto, habían sido varias. Dos días después, a las 19:36, recibimos la anhelada confirmación de que los acontecimientos se iban a precipitar inusitadamente: lo que había sido engendrado gracias a nuestro empeño se convertiría en una realidad, ¡en 3 meses! Después de tantos sinsabores, y aunque a aquel trimestre se unieron treinta días más, aquello apenas resultó una demora: tan solo era una cuenta atrás para que se cumpliera nuestro humilde sueño.

El 25 de septiembre de 2015, Carlos López y Adrián E. Belmonte pudieron contemplar cómo, más allá de sus mentes, habían creado vida a través de las páginas de “Las crónicas del Otro Mundo”. Todo ese hervidero de ideas, planes y proyectos que habían rebotado dentro de sus cabezas había visto la luz. Se convirtieron al alimón en escritores, en orgullosos padres de una historia que hasta entonces nunca había existido, de un extenso relato que, por fin, estaba al alcance de todo aquel que quisiera disponer del mismo. Transmitiendo directamente desde las mentes de los autores a las letras impresas de sus hojas, “Las crónicas del Otro Mundo” salió a la venta.

5 años y 8 meses antes, uno de nosotros propuso al otro escribir una historia a medias simplemente para disfrutar de aquel viaje literario, y el otro dijo “sí”. Con el tiempo fuimos construyendo una historia que quizás, solo quizás, y si seguíamos aquel solazamiento mejorando tramas y personajes, podía tener visos de ser presentada ante algún editor sin que se nos cayera la cara de vergüenza por el resultado obtenido. Y lo perseguimos con tanto ahínco que llegó el momento en que supimos que aquello tenía vida propia, que los personajes tenían una vida propia dentro de un mundo que tenía vida propia, que las tramas tenían vida propia dentro de una historia que tenía vida propia. Que, como omnipotentes dioses creadores, habíamos creado vida partiendo de la nada, una existencia esculpida en páginas y páginas; una existencia no biológica, pero viva al fin y al cabo. Aquella obra tenía vida, y merecía tener la oportunidad de vivir. Y cuando llegaron aquellas coordenadas temporales que quizá no fueran el momento perfecto, pero que desde luego se le parecía bastante, nuestro manuscrito visitó decenas de bandejas de entrada de direcciones de correo electrónico de editoriales, siendo golpeado por la más sobresaliente de las indiferencias en la mayoría de los casos, y vituperado en manos de estafadores que se habían bautizado falazmente como “editores”. Pero, en fin, ya os hemos puesto al tanto de lo que ocurrió el 19 de mayo del pasado año. Lo conseguimos. Nos convertimos en orgullosos padres de una criatura que vería la luz del sol a través de los escaparates.

Y tras dar sus primeros pasos entre los lectores, ha llegado el día de entonar el Happy Birthday. Este pasado día 25 “Las crónicas del Otro Mundo” cumplió un año de edad, aunque eso tampoco sea cierto. Ni siquiera el 29 de febrero quiso perderse el primer año de vida de nuestra historia, y consideró que LCDOM debía celebrar su primer aniversario no como un libro más, sino con un año y un día a sus espaldas. 366 jornadas para conseguir su primera vela en la tarta.

Hace 366 días que se cumplió nuestro humilde sueño. Somos escritores, sí, podemos decirlo: hace un año nos convertimos en ello, por lo que también celebramos nuestro cumpleaños como tales. No ha cambiado nuestro mundo alrededor, pero sí la percepción de nosotros mismos, y eso es algo que no todos los logros de una vida pueden conseguir. Estamos orgullosos de haber sido capaces de crear vida más allá de los impulsos nerviosos que hacían mover nuestras manos sobre el papel, y os invitamos a que lo celebréis con nosotros, a que nos deis la enhorabuena, porque realmente nos sentimos merecedores de la misma.

El libro dio paso al blog, a estas letras que ahora estáis leyendo, y por esa única razón estamos aquí: compartiendo nuestro orgullo con vosotros, y nosotros vuestros singulares caminos. Si habéis llegado hasta aquí, compartid nuestra alegría: es una orden.

Muchas felicidades, “Las crónicas del Otro Mundo”, querido hijo: estamos y siempre estaremos orgullosos de ti.

Pd. Querido hijo, seguramente llegado este momento te hagas una pregunta crítica: “¿Y ahora qué?”. Sí, eres una historia prácticamente inédita para el gran público, pero ni mucho menos te puedes considerar una novedad. Puedes pensar que, finalmente, te has perdido por el camino, y tu Otro Mundo ha resultado abocado al anonimato.

Querido hijo, escúchanos bien: tú ya eres inmortal. Tú jamás podrás ser ignorado ya por aquellos que han absorbido tus páginas, al igual que otros muchos que no lo han hecho recordarán tu existencia. Pero no solo eso: la vida es una carrera, y te encuentras aún lejos de la meta. Te puede ocurrir de todo: puedes ser objeto de alguna reseña, puedes caer en manos de algún crítico aconsejado por cualquier conocido, puedes conseguir que cualquier cliente de Amazon decida leer tus capítulos gratis y concluya que vale la pena que hablar bien de ti. O puede que esto nunca ocurra, pero también puede que sí. Tus padres nunca van a dejar de luchar por tu supervivencia, y cada vez que alguien se asome a tus páginas, tú debes luchar por perdurar a través de esa persona. La vida es una carrera, y no debes perder el paso. La vida es una carrera, y debes sacrificarte por acabar en cabeza. La vida es una carrera, y no puedes arrojar la toalla sin luchar.

La vida es una carrera, y, con todas tus fuerzas, la debes intentar ganar.

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