La efeméride inexperta

El día que comprendimos que la historia estaba concluida, nos dimos cuenta de que nos habíamos convertido en autores. “Las crónicas del Otro Mundo” era un universo nuevo, un cosmos del que nunca nadie había tenido constancia, una entidad que tan solo había existido en nuestras cabezas: algo que nosotros solos habíamos engendrado de la nada. Era una barbaridad, una locura, incluso un disparate: nos habíamos convertido en dioses creadores. Aquel feliz estremecimiento parecía único, irrepetible: era la sensación de sentirnos escritores por primera vez.

La breve pero subjetivamente eterna espera que vivimos hasta el momento en que pudimos ir a registrar la propiedad intelectual no fue más que la antesala del emocionante momento también esperado: soltamos al crío al mundo, enviando nuestro manuscrito a una tanda de editoriales. Sabíamos que triunfaríamos, que en cuanto una solo persona leyera la obra quedaría convencida de que valía la pena, que nos daría una oportunidad. Tan solo era cuestión de tiempo. Tan solo debíamos sentarnos a esperar. Como cualquier novato que se precie enviamos el manuscrito a editoriales que nos quedaban grandes, las que ya avisaban que la ausencia de respuesta en unos meses implicaba el rechazo, pero también a unas pocas elegidas más, las que aseguraban que siempre contestaban. Aceptaban o rechazaban, pero siempre, siempre, contestaban; así lo afirmaban en letras grandes.
Y dos meses después, una contestó. El nerviosismo inmediato tras topar en la bandeja de entrada un correo enviado por una editorial es brutal, es una descarga de adrenalina, es un corazón súbitamente desbocado, es una nueva ilusión desorbitada. Tras abrir ese primer correo y leer que tu obra les ha parecido sorprendente, original, fresca, con muchas posibilidades, sientes la mayor esperanza de tu vida. La mayor, sin lugar a dudas. Puede que no lo sea, pero eres incapaz de recordar nada más grande, porque tú sí estabas convencido de haber creado algo increíble, pero ahora ellos también lo saben. Pero encarar el segundo párrafo resulta desconcertante. De pronto comienzan a exponer errores absurdos, como que usas guiones cortos en vez de largos, o que cometes faltas de acentuación falsas (dado que la Academia de la Lengua licitaba tus tildes o sus ausencias en su última revisión), con lo cual el trabajo de corrección va a ser concienzudo y costoso. Te preguntas como una editorial puede tener un procesador de textos incapaz de reemplazar guiones cortos por guiones largos con tres o cuatro simples clics de ratón, pero sigues leyendo. La revisión va a ser costosa, la maquetación va a ser costosa, la ilustración va a ser costosa, pero tu novela tiene posibilidades. Confían en tu obra, y por eso mismo están dispuestos a publicarla con todo su esfuerzo. Con todo su esfuerzo y con 2200€ a tocateja, a enviarles cuanto antes. Y aunque ya sabías que no lo ibas a conseguir de inmediato y que debes tener paciencia, que a la primera quieran estafarte te deja un sabor amargo que iba a ser difícil de extinguir. Si la propuesta inicial llegaba tras dos meses de espera, y seguro que se habían dado toda la prisa del mundo para conseguir ser los primeros y no perder la oportunidad de estafarte antes que cualquier otro oportunista, ¿cuánto podría tardar una contestación seria?
Y los dos perdimos una irrisoria cantidad de esperanza. Pero no pasaba nada.

De aquella primera tanda de editoriales, nadie más respondió. Ni siquiera las que exponían en letras grandes que siempre contestaban, fuese cual fuese el veredicto. “Las crónicas del Otro Mundo” había fracasado con estrépito en su primera acometida, pero tuvimos muy claro el porqué: nadie había tenido la decencia de leer la obra. Era cierto que quizá era un manuscrito demasiado extenso, pero es que aquel era precisamente el trabajo de aquellas personas. 890 páginas, arial 11, interlineado 1,5: no sería el libro más largo que habían leído esos profesionales del ramo, pero por lo visto no estaban dispuestos a plantearse la posibilidad de echarle un vistazo a la ópera prima de dos autores noveles. No cabía otra opción. Nuestra obra era buena, era original, solo hacía falta que alguien la leyera para darse cuenta. Pero aquellos vagos redomados no se habían tomado la molestia de ello aunque fuera su trabajo, era la única explicación posible. Solo hacía falta que uno solo de ellos, solamente uno, no más, decidiera asomarse al Otro Mundo para comprobar que merecía una oportunidad. No obstante, nadie estaba dispuesto a hacerlo.
Y los dos perdimos una considerable cantidad de esperanza. Aquello podía ser trascendental.

Teníamos que obligar a esas personas a leer nuestra creación. Que la obra fuera buena había estado en nuestras manos, pero nuestra ilusión de publicarla estaba en las suyas. Para la extensa segunda tanda de editoriales a las que enviar el manuscrito elaboramos una propuesta editorial que adjuntar al mismo. ¿Por qué debéis publicar nuestro libro? ¿Qué nos diferencia, de qué trata, por qué es bueno? Salió genial. Era una propuesta increíble, un anzuelo que les obligaría de forma vehemente a visitar por fin el Otro Mundo. Era profunda y comercial, era persuasiva y realista, era atractiva y sensata. Era una oportunidad que nosotros brindábamos a la editorial. Exponía todo lo que tenía que exponer, exageraba cuando tenía que exagerar, mentía en el momento en que tenía que mentir, pero, sobre todo, funcionaría. Y funcionó. La mayoría de editoriales no respondieron, claro, pero en comparación con la primera tanda en la que solo recibimos una única contestación procedente de unos timadores, fue un éxito sin precedentes. Varias nos respondieron que la tomaban en consideración, y que volverían a contactar con una respuesta, y otra envió un correo entusiasmado con la propuesta, prometiendo que la semana siguiente tendríamos noticias de ellos.
Pero ninguna de ellas volvió a contestar. Hasta la fecha, nadie nos quería hacer realmente caso, ni siquiera para decirnos que no. Nos hubiera gustado recibir alguna negativa, en realidad. Alguien que nos dijera “no nos interesa”, o “no entra en nuestros planes”, o “no posee la calidad suficiente para nuestro sello”, o incluso “lo vuestro es una obra de mierda, no valéis nada, no conseguiréis publicar una sola página en toda vuestra patética vida”. Nos hubiera gustado porque aquello significaría que alguien se había tomado la molestia de darle una oportunidad y dignarse a leer aunque fuera un fragmento de la novela, aunque después la rechazara. Si efectivamente no valía nada, si era cierto que no valíamos para escribir, necesitábamos que alguien tuviera la dignidad de decírnoslo. Pero para ello, ese alguien tenía que haber leído algo de lo que le habíamos enviado, y no, nadie lo había hecho, no cabía otra opción. 890 páginas. En cuanto veían la extensión del documento se olvidaban de la propuesta editorial que les acababa de encantar, era la única explicación posible. No habíamos conseguido nada. Aunque era su trabajo, nadie estaba dispuesto a leer una sola frase.
Y los dos perdimos prácticamente la esperanza. Aquella podía ser la muerte definitiva del Otro Mundo en su periplo alejado de nuestras cabezas.

Por la mera inercia de la ilusión que había empujado nuestra energía inicial, enviamos propuesta y manuscrito a una tercera tanda de editoriales. Si nadie iba a abrir el documento era un esfuerzo inútil, pero nos engañábamos a nosotros mismos diciendo que no perdíamos nada con intentarlo por última vez: a cada día que no recibíamos una respuesta, nuestra autoestima iba desapareciendo sin dejar rastro. Mirábamos la bandeja de correo varias veces al día, muchas, demasiadas, y nunca había nada. Día tras día, semana tras semana, cada vez que pensábamos en nuestro sueño fallido, nos carcomíamos por dentro. Habíamos pagado un precio alto: nuestra ilusión. Había expirado.
De repente un día, recibimos una llamada. La llamada de un hombre encantado con nuestro libro, que transmitía ilusión, que transmitía alegría, sorprendido por lo que había leído, convencido de que le interesaba realmente lo que habíamos plasmado por escrito, aunque advirtiendo que la decisión final no sería suya pero que apostaba absolutamente por que aquello estaba hecho, y que nos lo confirmaría en una semana por teléfono de nuevo. Nuestra extinta ilusión resurgió como el Ave Fénix, apareció cuando nadie la esperaba, y aguardamos impacientes aquella llamada sin perder de vista el teléfono. Sin siquiera pestañear, no fuera que aquel celular osara desaparecer. Pero pasaron varias semanas sin tener noticias de aquella persona, y aunque no creímos que ese mismo hombre pudiera carcomernos más el alma, lo consiguió. Finalmente recibimos su llamada, pero no era como la habíamos imaginado en un principio.
Se había equivocado de número. Surrealista, irreal, inconcebible. No sabía con quién estaba hablando. Al final le hicimos recordar su conversación con nosotros y de qué obra se trataba, de la cual dijo que tras abrirla vio que era demasiado larga para ellos. Es decir, su llamada entusiasta se había producido sin ni siquiera abrir el archivo de texto. Para mitigar el menoscabo al que nos estaba sometiendo, propuso publicar la primera parte de las cuatro en las que se divide “Las crónicas del Otro Mundo”, y dijo que nos enviaría el contrato para que lo estudiáramos. Y aunque después de aquella vergonzosa charla no lo esperábamos, este llegó. No era solo que nos quisiera cobrar 1500€ con la cláusula “el autor se compromete a comprar 100 ejemplares de su obra”, a lo cual comentamos con sorna “pero si nosotros ya lo hemos leído…”. No era solo que nos estuviera proponiendo cobrarnos 10€ por cada página que nosotros mismos, no él ni ninguna otra persona en el mundo, nosotros mismos, habíamos escrito. No era solo la ignominia que suponía toda aquella chanza. El título del libro que pretendían publicar ni siquiera estaba bien escrito. “Los señores de en medio”. Ni siquiera se habían molestado en leer bien el nombre de la primera parte.
Y pasamos de haber perdido la esperanza a sentirnos completamente humillados por la industria editorial. Nos habían convertido en dos gilipollas.

Ya no esperábamos nada. Aunque seguíamos mirando la bandeja de entrada, ya con menos asiduidad, el sueño había acabado. La incertidumbre ya no nos mataba al no recibir respuestas, simplemente era algo que no se podía evitar. LCDOM era algo que nadie, aunque cobrara precisamente por ello, estaba dispuesto a leer. Era algo que ninguna persona excepto nosotros vería jamás. Era una quimera rota, una imbécil enajenación, una tontería que habíamos hecho por ingenuidad y falta de experiencia, como un bebé que intenta coger una llama porque no sabe lo que es. Igual que ese bebé, nosotros también nos quemamos.
Uno de aquellos días anodinos recibimos el correo de una editorial. Por alguna razón, era curioso verlo en la bandeja de entrada. Ni era esperado, ni ilusionaba. Solo había que abrirlo, leerlo y desecharlo mentalmente, eso era lo que gritaba nuestro cerebro. No obstante, parecía distinto a los anteriores. Parecía de verdad. Parecía real. Preguntaba si nuestra obra había sido ya publicada. En caso contrario, nos cuestionaba si seguíamos teniendo la intención de publicar con su sello editorial, y que de ser así estaban interesados en publicar “Las crónicas del Otro Mundo”. Hablamos entre nosotros, y aunque luchábamos por mantener nuestra desesperanza como mecanismo de defensa, las palabras de ese correo parecían decir la verdad. Parecían decir que alguien en el mundo había leído al menos unas cuantas páginas de nuestro manuscrito, y le había dado el visto bueno. Aquello no parecía ya posible, pero es muy humano creer en los imposibles, y daba la casualidad de que ambos somos humanos. Y creímos de nuevo.

Decía la verdad. Aquel correo decía la verdad. Quizá resultara inconcebible, pero aquel correo decía la verdad. Después vino el contrato, las correcciones, la maquetación, todo lo demás, pero fue aquel correo, ese que decía la verdad, el que nos dio la vida.
Hoy hace exactamente un año que recibimos aquel correo. Hoy hace un año que lo volvimos a sentir, aquel feliz estremecimiento que había parecido único e irrepetible: la sensación de sentirnos escritores por primera vez, de nuevo. Sí, “por primera vez” y “de nuevo”, momentos antagónicos e insostenibles de argumentar como simultáneos, pero que inexplicablemente vivimos a la vez. Hoy celebramos el primer aniversario de ese instante imposible, hoy celebramos que alguien le pudo decir a otro una vez “este manuscrito tiene posibilidades, contéstales que nos interesa publicarlo”; hoy celebramos que una persona se atrevió a asomarse a las páginas de “Las crónicas del Otro Mundo”, y por fin alguien pudo ver que lo que había escrito en ellas podía valer la pena.
Hoy celebramos una efeméride que nunca había existido. Hoy nos sentimos escritores por primera vez. De nuevo.

Pd. Nunca renunciéis.

Original Article: https://lascronicasdelotromundo.wordpress.com/2016/05/19/la-efemeride-inexperta/

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