El vigésimo pecado capital

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Las crónicas del Otro Mundo

“— Lobo… Creo que debes quedarte y luchar.
El perro que se consideraba su hijo se le quedó mirando con una mezcla de estupefacción e incredulidad, algo que no tardó en convertirse en vehemencia.
— ¿Qué cojones has bebido esta mañana para desayunar, Gill? ¿Tú también quieres matarme? ¡Te has vuelto loco, es una epidemia y os estáis volviendo todos locos! ¿Qué cojones estás diciendo, Gill?
«Ojalá estuviera loco de verdad», pensó su padre adoptivo. Se tomó un momento para seguir con lo que tenía que decir, esperando a que Lobo se calmara un poco.
— Lobo, escúchame. Quizá sea culpa mía en el fondo, porque a fin de cuentas fui yo el que llevó a casa aquel arco cuando no eras más que un cachorro. Pero desde la primera vez que lo tuviste entre las zarpas te convertiste en arquero —sopesó qué decir a continuación, y tras un momento…

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